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domingo, 12 de junio de 2016

Las tres edades de Klimt y aquella que fue olvidada.

¡Hola!
Tras una prolongada pausa, os traigo el relato con el que he ganado recientemente el concurso de escritura de mi instituto en la modalidad narrativa. Espero que lo disfrutéis.


Las tres edades de Klimt y aquella que fue olvidada.


(Recopilación de una vida)




I . Niñez

Tengo un bolsillo chiquitito, chiquito de verdad. A duras penas entran mis dedos de niña, aunque en su interior hay muchísimo más. Lo llevo dentro del alma, bien cosido en mi corazón. Mamá lo cosió una noche triste, con el hilo dorado de una canción. Me dijo que era pequeño, ínfimo, mínimo y simplón, pero que, si yo quería, podía guardar en él mi vida entera. A pedacitos, cachitos pequeños del tamaño de mi bolsillo, sin acumular muchos de golpe pero sin dejarlo vacío nunca. Por eso, cuando cierro los ojos como ella me enseñó, entro dentro de mi bolsillo. De mi bolsillo de hilo dorado y amor. Y en él veo los colores del pueblo y de su cachito de cielo. Puedo sentir en él el pelo de mi madre haciéndome cosquillas para despertarme y puedo oír a mi hermano cantando al mar, con los ojos cerrados y de puntillas, como un pajarillo a punto de echar a volar. Mi madre me dijo que para guardar mis trozos de vida en mi bolsillo del alma, solo tenía que amarlos mucho cuando sucedieran. 
Así que hoy al despertarme, fui de puntillas hasta la puerta de la cocina. Y ahí, bien escondido, sin que nadie me viera, observé a mamá con los ojos abiertos como si se fueran a salir. La observé con el pelo recogido en su moño flojo, dejando escapar unos mechones de noche. La observé, con aquel vestido azul de los domingos que tan bien le quedaba. La observé, con su piel tostada que hacía resaltar más su sonrisa blanca. Observé cómo iluminaba más que el propio sol la cocina, y se reía con la brisa fresca que entraba por la ventana. La observé, ahí, quieta, sin darse cuenta de que la miraba, mientras pelaba las naranjas en el borde de la mesa. Y amé, amé, y amé con toda la fuerza que guardaba en mi bolsillo del alma. 


II . Juventud

Canta la luna en su noche, una nana de madre a hija. Canta la luna en su noche, despertando a la niña dormida. Ella comienza a escuchar a su luna, a su luna amada, a su luna luna. Y se mueve, da vueltas y empieza. No necesito ningún aviso, ni escuchar siquiera su canción. Comienza en mi cuerpo el despertar, mucho antes de oír su voz. Empieza con la sensación del florecimiento de una flor. Por todo mi cuerpo crecen flores, crecen florecimientos rápidos, inauditos. El mundo corre deprisa, el ciclo avanza. Las flores mueren en mi piel. Algo empieza a romperse en mi pecho, una pequeña grieta. Hay daños estructurales. Y sale de ella el viento como garras, alzándose hacia la luna y arañando la pared de mis entrañas. Me golpea, al ritmo de su nana, deseosa por salir. Me doblo entera, sosteniéndome, agarrándome el dolor. Pero no sirve ni el abrazo, ni el calor para calmar las grietas que se crean en mi interior. Me crecen las alas de un pájaro y se mueven en mi interior. Revolotea, confuso, un gorrión en mi corazón. Algo vivo picotea desde dentro a fuera, empuja, muerde, arranca mi interior. Y pide, suplica, llora, liberarse de esta cárcel. Salir al exterior. Y ver a su luna, a su madre, a su amor. Y aullarle acompañando el viejo son de su nana. Se abren más grietas en mi cuerpo. Se ramifican en mi espalda, en mi rostro, en mi pecho. En mí. Se van haciendo más grandes, se fusionan. Y ella escapa, rota en trozos, en diferentes formas, de mi interior. Me acuchilla desde dentro, una, dos, tres veces. Y sigue, continúa. Lucha como el más feroz guerrero, como el más desesperado hombre. Y se abre paso, con luz, con gritos, con dolor. Sale fuera por mis lágrimas, por mi voz. Acelera su canción la luna, aumentando mi dolor. Me destroza ella por dentro, ese ser que también soy yo, arranca la determinación de mi cuerpo. Arranca mi fortaleza, mi pensamiento. Haciéndome abandonar mi resistencia y rendirme ante ella. El último puñal desgarró mi cuerpo, haciendo que éste temblara al ser recorrido por él. Y antes de cerrar mis ojos y sumirme en la oscuridad de un sueño, la luna abre sus brazos de plata, como la madre que abraza a un hijo.


III. Madurez

He dejado correr el tiempo antes de volver para encontrarte. Siempre supe que me estarías esperando, así que nunca me di especial prisa en acabar mis asuntos pendientes y volver. Y supongo que tú sabías que necesitaba enredarme entre sus hilos un tiempo para vivir un poco más, así que no tengo miedo a encontrarme con tus ojos hoy. No es agradable dar marcha atrás, desandar mis pasos y volver a este lugar, pero he llegado hasta ese punto donde no se puede avanzar sin retroceder primero. Por eso he vuelto sabiendo que estarías tú también esperándome. Porque tú congelaste el tiempo para no avanzar literalmente en tu vida y yo di vueltas en círculos, creyendo que había avanzado y sin dar ni un solo paso al frente. Te devuelvo hoy todo lo que tomé prestado de ti sin darme cuenta y que tanto me ha ayudado estos años. Te entrego las cartas, los abrazos, las palabras y los silencios que me diste. Lo he guardado en una caja para evitar que huyesen antes de tiempo y no volvieran nunca a su dueña. Te regalo además una llave para tus cadenas, un billete de tren para iniciar tu viaje y el fin del dolor de este lugar, para que tengas un hogar agradable al que volver. No puedo darte más, mi alma no es tan poderosa como la tuya, pero ahora sí puedo prometerte algo. Estaré aquí cuando vuelvas y esta vez, no será por obligación. Te esperaré con ansia para que me cuentes todo aquello que han visto tus ojos, las lenguas que han hablado tus labios y los lugares de los cuales procede la tierra de tus zapatos. Llevas mucho tiempo siendo la que se sacrificaba por ambas, así que hoy te libero apresándome yo. Porque como no se puede vivir con medio corazón, con media vida, te regalo también mi mitad para que vueles ahora libre. Como las flores que dejamos escapar aquí, hace mucho tiempo, en un día de viento salvaje. Vive por mí ahora todo aquello que no hemos podido vivir juntas.

IV. Vejez

Querida Sara, 

Siempre quise ser una luciérnaga. Aparecer una noche cualquiera y ser el broche dorado del vestido azabache de la luna. Ser también la mensajera del verano, anunciando su llegada y encender junto a mis compañeras la ilusión en los ojos de una niña. Que me viera y creyera una vez más en la magia. Y que se le ocurrieran infantiles y tiernas ideas sobre mí, como que soy un hada disfrazada o una estrella bailarina. Es por eso que disfruté tantísimo cuando me obligabas, sin importar lo mucho que me quejara y te recitara las numerosas afecciones que atesoraba mi cuerpo gracias a la vejez, a salir afuera en las noches de verano. Y que por pequeños que fueran mis pasos y abundante fuese la ayuda que tenías que prestarme, te obstinabas a dejarme bien acomodada en una mecedora dentro de casa. Porque según tú mi corazón todavía era joven. Aunque lo cierto era que había rejuvenecido de forma súbita tras tu llegada junto con tus infantiles travesuras y aventuras en las que siempre acababas incluyéndome, de una forma u otra, como compañera de tus juegos. Así que en esa noche de verano me agarraste suavemente del brazo y me guiaste hasta un pequeño estanque escondido a simple vista. Y como por arte de magia, como si hubieran notado nuestra presencia, las luciérnagas empezaron a encenderse una a una y su luz y la de su reflejo en el agua, brillaron de forma tan fuerte que parecían querer hacerle competencia a la luna y sus estrellas. Y fue su luz, aunque solo por una noche, la más brillante del cielo. Consiguiendo despertar en mi memoria aquel deseo de mi infancia en el que tanto deseaba ser una pequeña luciérnaga.
Es por eso que te escribo esta carta hoy, para que la leas cuando llegues a una edad en la que puedas entender este sentimiento. Gracias, gracias y más gracias. Gracias por engrasar mi corazón con aires de juventud y gracias por recordarme que, si vuelvo a vivir otra vida, seré sin duda alguna, una pequeña y brillante luciérnaga de algún estanque escondido a simple vista. 


miércoles, 20 de abril de 2016

Rota (antes y después de la corrección)

¡Hola! 
Tras tres meses sin pasarme por aquí he decidido hacer un breve inciso en mi ausencia y pasarme para traer un ejercicio interesante (y excepcional) que me ha apetecido hacer esta tarde. 
Rebuscando en mi viejo ordenador he encontrado una gran cantidad de relatos antiguos de esos que hacen que tengas ganas de ser avestruz para enterrar tu cabeza bajo tierra pero alguna cosa decente he encontrado.  Y más que decente podría decir. Así que he decidido coger ese relato en cuestión y trabajar sobre él para "mejorarlo". La cosa es que cuando he acabado me ha dado remordimientos, ¿por qué? Pues yo creo que principalmente porque ese relato en concreto lo escribí con muchísimos sentimientos a flor de piel, en una situación muy angustiosa para mí y en la que yo realmente no veía un futuro feliz. Y esos sentimientos, en la versión original y sin corregir, eran palpables, y creo que a la hora de corregirlo, aunque he ""aumentado"" un poco la calidad literaria del relato, también creo que ha perdido la gran carga emocional y expresiva que tenía. También la corrección tiene una gran carga emocional, pero es distinta porque mi yo de aquel entonces y mi yo de ahora pese a vivir en los mismos sentimientos, son por razones opuestas y situaciones diferentes. Así que no podí colgar el relato corregido sin más, porque no sería justo para las emociones que yo tenía en ese entonces y decidí plasmar en el papel. Así que voy a dejaros tanto la versión original (faltas de ortografías incluidas) y luego la versión corregida. ¡Disfrutadlas ambas!

Rota
versión original: 17/03/2014

{Rota.
Rota como los cristales.
Siempre estuve rota.}

Mis pies, enfundados en zapatillas, se deslizaban por el suelo, como en un sueño. Aunque ahora sería más apropiado el término pesadilla.
Lenvanté mis pies, con las pocas fuerzas que me quedaban, buscando la sensación de volar. La silla siguió avanzando y con ella yo, su única pasajera.
Todo me sabía a amargos limones, incluso el hecho de respirar. Todo era una misma melodía. Estaba cansada de ella. De todo, en realidad.
La vida me la había vuelto a jugar y esta vez, yo no tenía ningún As en la manga.

{Rota.
Rota como un juguete más.
Yo creía que esto no volvería a pasar}

Todo a mi alrededor perdía el interés, nada conseguía sacarme de mi atmósfera de cansancio, dolor y depresión.
Mis manos temblaban sin razón alguna, sentía como mis articulaciones se adormecían, se volvía pesadas y se cargaban. Mis párpados se cerraban por el cansancio. Cansancio de vida.
En ocasiones solo quería dormirme y despertar cuando todo pasara. Habría sido más fácil así.
La soledad, el aislamiento obligatorio, impuesto por mi situación, hacían que sentimientos viejos volvieran a mí. Viejos amigos y enemigos que conseguían hacerme recordar, y al hacerme recordar, surgieron las preguntas. Viejas preguntas también.

{Rota.
Adj. Que está quebrado o partido en dos o más partes.
Pedazos de mí.}

Las lágrimas pocas veces fluyeron, pero cuando lo hicieron fue intensamente. El miedo apareció, o revivió, después de tanto tiempo y lo hizo de la manera más intensa posible. Lo peor, es que temía a algo que formaba parte de mi ser. Lo peor es que temía a algo que jamás podría eliminar o enfrentarme a él.
La silla paró, se había acabado el pasillo. Eché ambos frenos para evitar que esta se escapara y esperé. Unos brazos me rodearon, agarrándome, yo alcé los míos para sujetarme en el individuo que me prestaba su ayuda y dividí la poca fuerza que le quedaba a mi cuerpo en dos. Parte para las piernas y parte para mis brazos por si las primeras fallaban (que, para ser sinceros, era lo más probable que ocurriera). Sentí como me levantaban con cierta cautela e intenté sostenerme en pie con mis dos piernas. Puse todo mi empeño en ello, sentí como me iba incorporando, como se erguía mi cuerpo y… Y sentí como se doblaban mis piernas, sin fuerza, bajo el peso de mi cuerpo. Como los brazos de mi apoyo humano tiraban de mi. Como intentaba incorporarme, agarrandome con todas mis fuerzas a la otra persona. Por suerte, el sofá estaba cerca. Caí sobre él cual saco de patatas y me arrastré, valiéndome de mis brazos hasta mi lado del sofá.
Ni siquiera podía moverme sola.
No podía hacer nada sola.


Estaba rota.

Rota
versión corregida: 20/04/2016

{Rota.
Rota como los cristales.
Siempre estuve rota.}

Mis pies, enfundados en zapatillas, se deslizaban por el suelo, como en un sueño. Aunque en ese momento lo más apropiado habría sido llamarlo por su verdadero nombre. Pesadilla.
Levanté mis pies, con las pocas fuerzas que me quedaban, buscando la sensación de volar. El aire trucado de un encierro amargo se deslizaba, desganado, por las suelas de mi calzado. Él, en aquel momento, también parecía cansado de todo aquello. Pero la silla siguió avanzando y yo, como su única pasajera, la acompañaba de forma fiel.
Todo tenía sabor a amargo limón, incluso continuar respirando. Todo era una misma melodía, repitiéndose de forma continua hasta el agotamiento. Y ya estaba cansada de ella. De ella y del mundo, en realidad. Había sobrepasado mi límite, ya no había fuerza en mí. Ni fuerza, ni ganas de tenerla, ni de luchar por tenerla. Era demasiado, solamente era demasiado.

{Rota.
Rota como un juguete más.
Yo creía que esto no volvería a pasar}

Todo a mi alrededor perdía el interés y nada conseguía sacarme de mi atmósfera de cansancio, dolor y depresión. No había una luz alumbrando el final del camino, ni tampoco el camino era un lugar oscuro del que deseaba salir. Era… Éramos, en realidad, de un color gris pardo. Repleto de amargura y de desesperanza. Esa fue la primera vez que mi corazón y mi cuerpo dijeron basta al mismo tiempo. No podíamos aguantar más asaltos, no en ese momento.
Mis manos temblaban sin razón alguna, sentía como mis articulaciones se adormecían lentamente, se volvía pesadas y se cargaban. Y mis párpados se cerraban por el cansancio, como si pesaran de la nada miles de toneladas. El mundo que me rodeaba parecía estar repleto de un poderoso cansancio, lleno de cansancio de vida.
En ocasiones solo quería dormirme y despertar cuando todo pasara. Y habría sido más fácil así, puedo jurarlo pero no podía darme el mundo ni siquiera ese pequeño capricho.
Y a soledad, el aislamiento obligatorio, impuesto por mi situación, hacían que sentimientos viejos volvieran a mí. Viejos amigos y enemigos que conseguían hacerme recordar, y al hacerme recordar, surgieron las preguntas. Viejas preguntas también.

{Rota.
Adj. Que está quebrado o partido en dos o más partes.
Pedazos de mí.}

Las lágrimas pocas veces fluyeron, pero cuando lo hicieron fue intensamente. El miedo apareció, o revivió, después de tanto tiempo y lo hizo de la manera más intensa posible. Lo más duro fue que mi miedo iba dirigido a una parte de mí, una parte tan válida como cualquier otra pero que no era capaz de aceptar y contra lo que jamás podría luchar.

La silla paró, se había acabado el pasillo. Eché ambos frenos para evitar que ésta se escapara y esperé. Unos brazos me rodearon, agarrándome, y yo alcé los míos para sujetarme en el individuo que me prestaba su ayuda. Dividí la poca fuerza que le quedaba a mi cuerpo en dos. Parte para las piernas y parte para mis brazos, por si las primeras fallaban (que, para ser sinceros, era lo más probable que ocurriera). Sentí que me levantaban con cierta cautela e intenté sostenerme en pie con mis dos piernas. Puse todo mi empeño en ello, sentí mi cuerpo incorporándose, irguiéndose y… Y sentí como se doblaban mis piernas, sin fuerza, bajo el peso de mi cuerpo. Los brazos de mi apoyo humano tiraron de mí, intentando darme de forma artificial la fuerza que yo no podía generar. Y también sentí mi intento feroz por incorporarme, agarrándome con todas mis fuerzas a la otra persona. Por suerte para ambos, el sofá estaba cerca. Caí sobre él como si no tuviera vida y me arrastré, valiéndome de mis brazos hasta mi sitio favorito.
¿Era necesario explicar algo más? ¿Quizá las nauseas, la decepción, la frustración y el profundo asco que me daba a mí misma? ¿Quizá la rabia, los celos, la angustia que me producía la vida ajena? ¿O quizá el terrible dolor que anidaba en mi pecho, recordándome en cada esfuerzo que por mucho empeño que pusiera, por mucha vida que anhelara y amara, siempre me acompañaría?
¿Es necesario explicar que estaba terrible, terrible y solitaria y desesperadamente rota?

domingo, 17 de enero de 2016

Personas de adjetivos

Buenas tardes. Hoy os traigo un conjunto de relatos que tuve la suerte de poder publicar en un libro junto a varios de mis compañeros de clase y de otros institutos. Los textos giran entorno a la idea de conseguir que el lector sienta a través de las palabras utilizadas el adjetivo que los titula. ¡Espero que los disfrutéis!

Personas de adjetivos.

Amarillo. Amarilla.
Era como la luz de una mañana de domingo. Iluminando la habitación al colarse suavemente entre las cortinas. Acariciando cada objeto, rincón, recoveco… casi acariciándote. Era una tostada por la mañana, cubierta de dulce miel. Miel que caía espesa, lenta… de la cucharilla al pan. Con tiempo, con pausa… dibujando surcos de oro en un lienzo blanco. ¿Dulce? Sí, dulce pero ácida. No era ninguna rosa blanca, no tenía la elegancia de una orquídea, ni la inocencia de una margarita. No, ella era como… ¡un tulipán! Eso era ella, un precioso tulipán. Efímera, resplandeciente una vez al año, y luego desaparecía, perdurando todavía en tu memoria. Era como la luz, pero no cualquier tipo de luz. Una luz cálida, suave… La luz que adorna un paisaje de Van Gogh. Suaves campos alumbrados por antorchas, antorchas resplandecientes… Antorchas que son suaves plumas. Suaves plumas de un plumaje. Un plumaje que es un campo de maíz. Un campo iluminado por las últimas luces de una tarde de verano, sacudido por un viento cálido. Como una mano, una mano larga y suave que acaricia la melena dorada del maíz.
Ella era como un destello, como la tierra también. Ella era como la luz de las mañanas, el canto de pájaro. Como un suspiro, sí, justamente como un suspiro.
Cálido. Cálida.
Supongo que para mí siempre fuiste eso. Un chisporroteo pausadamente alegre, o alegremente pausado. Un hogar al que acudir. Sí, supongo que siempre fuiste mi hogar. Con tus bombones de licor en navidad, la luz templada, el sonido de las copas al brindar, las risas y el pan. Siempre fuiste una suave, sabrosa y mullida miga de pan recién horneado. Uno de esos momentos en los que se te ponen las mejillas de color fresa y sabes que se te han puesto porque notas que son como dos pequeñas estufas. Y quizá, y solamente quizá, seas el color melocotón en mi escala de grises que cuando está contigo empieza a tornarse de color anaranjado. E igual somos eso, dos hojas de otoño en un collage del colegio, tú preciosa y redonda, con forma de pica y color otoño y yo puntiaguda, seca y verde enfermo, pero si algo sé en esta vida es que no hay color que mejor se mezcle con el mío que tu color de mantas y té en un día tan frío como hoy.
Vivaz.
Me gusta ese tipo de personas. Normalmente, no llego a ver nunca su rostro, no me paro en sus detalles. Conociéndoles de mucho o de poco, nunca llego a distinguir sus facciones. Sin embargo, sí veo cómo son. Les veo a partes, a objetos, a sensaciones, pero les veo. De una forma mucho más profunda que con un par de ojos. Podríamos describirles como el cabello ondulado. Sí, el cabello ondulado al viento, retorciéndose en él, como si intentara deshacerse de unas ataduras. Como si el mundo le sobrara. Son como el agua con truenos, con rayos, con bengalas chispeantes llenas de movimiento. Son como un grito en el vacío, como llorar de risa, como reír de estómago. Son como un punto y coma, nadie sabe dónde ponerlo pero lo pones igualmente. Como un complemento directo puesto al azar pero que te sale bien. Son como dibujar en el vaho, como bailar cansados pero con la música todavía corriendo por tu cuerpo. Un “¡Arrancad las puertas mismas de sus goznes!” de Walt Whiteman en su Canto de mí mismo. Y un quedarse sin aliento pero llenarse de pura satisfacción. Porque ser una de esas personas es ser como un final sin ser final, un inicio sin ser inicio y una persona sin ser persona.


sábado, 2 de enero de 2016

Palabras blancas

Palabras blancas



Antes era capaz de escribir palabras blancas. Palabas con formas dulces, redondas, como la redondez y plenitud del sonido de la A, mezclado con la dulzura del sonido de la I. Antes era capaz de pintar mis palabras blancas de colores suaves y calmados. Podía tener palabras blancas pintadas de rosa palo mientras hablaba de cualquier cosa. Ahora, siento que mis palabras son grises. Grises y minúsculas, enrevesadas, complicadas. Echo de menos la sencillez de mi creación pasada. No sé si este gris marengo es mejor que mis azules cielo. No sé si alguien podrá perderse más fácilmente en él, si verá una belleza desmesurada o si podría admirarlo profundamente pero me da igual. Yo disfrutaba con mis azules y rosas palo. Sentía que fluían dentro de mí y que escapaban con facilidad por mis dedos, como pequeños gorriones. Ahora siento que la opresión que se cierne sobre mí, ha pasado también a encarcelar mis palabras y que los barrotes que oprimen y ciegan mi corazón, las han teñido y apocado también. Siendo yo mi propia carcelera, siendo yo mi propia secuestradora... ¿Me he convertido también en asesina de mis amadas, amadísimas palabras blancas?
Creo que me estoy haciendo pedacitos. Destruyendo lentamente la persona que había formado a base de cinta aislante y esfuerzo. A aquella que arrastré por muchos caminos llenos de agujas que se clavaban en ella y le hacían querer rendirse. A aquella que se puso a gatear y luego se puso a andar, aunque las cadenas invisibles de sus tobillos le negaran esa posibilidad. Creo que me estoy haciendo pedacitos, después de tanta lucha, de tanto esfuerzo. De tantos golpes, de tantas heridas y de tanta arena corriendo entre mis manos. Me estoy haciendo pedacitos en el momento de correr. Gateé, andé, caí pero me mantengo erguida y ahora que toca correr, un pequeño golpe hace que se desmorone la fortaleza. El paso más decisivo lo ha roto la tijera del miedo, de los problemas pequeños, manejada por un monstruo desconocido. Y yo... Yo me he hecho pedacitos. Me he derretido, he caído de rodillas y he aceptado la derrota. La he abrazo casi con fuerza. He permitido que las cadenas sean realmente cadenas, sean realmente una limitación. Justo cuando iba a echar a correr, me he dado cuenta de que ya no me quedaban fuerzas para un último asalto.
He aceptado los zapatos que me daba la vida a cambio de que ella tuviera el control de mis pies. He dejado que me curaran las heridas, a cambio de encadenar mis manos. Y ahora, rendida, cautiva, destrozada y condenada por el miedo, recuerdo que iba a echar a correr antes de esto. 

domingo, 30 de agosto de 2015

Escaleras

Buenos días,
Hoy os traigo un relato muy especial. Es un relato que surgió de un reto literario que me propuso en mi ask personal Phoebe A. Wilkes (click en el nombre para llegar a su perfil de ask). El reto en cuestión os lo dejó adjuntado también. ¡Click para ver el reto!


Escaleras



A Carmen le gustaban las escaleras. Subir, bajar, saltar… Incluso sentarse en los escalones inferiores de éstas. Le gustaban desde las más simples, hasta las más complejas. De caracol o rectas, escalerillas o suntuosas escaleras. Le gustaba la palabra, cómo se formaba en sus labios, ascendía por el aire y se desvanecía, fundiéndose con el silencio o difuminándose con otras voces. 
Pero no solamente le gustaban las escaleras como tales, le gustaba la gente que las habitaba. En su escalera favorita, había todo tipo de personajes pintorescos. Desde dos mujeres cotillas, que hacían comentarios de todo el vecindario, hasta el típico hombre misterioso que se pasaba todo el día en su piso y contadas eran las veces que salía. Alguien que le gustaba especialmente de esa escalera, era la chica joven que ocupaba un piso en la planta calle, en el cual había montado un pequeño estudio de pintura. Ella se llamaba Julia y era la excepción ante la locura palpitante de aquel edificio. Todos los vecinos normales que habían pasado por la escalera, habían desistido a las dos semanas de intentar vivir allí. Si bien la cordura abunda en el mundo, la escalera favorita de Carmen era una burbuja de locura refrescante y como tal, a nadie le parecía bastante extraño que una niña pequeña que no vivía ahí, correteara por la escalera a sus anchas. 
Muchas veces surgió en la cabeza de Carmen la idea de que su escalera favorita estaba encarcelada en un mundo de incomprensión absoluta, que, sin entender la belleza de la rebeldía, negación a lo común y amor por la contracorriente que recorría los rincones de aquel viejo lugar, sumía a sus habitantes en la humillación cruel y rastrera que se creaba con las bromas y burlas que se generaban cuando no miraban. 
Sin embargo, ajenos a la incomprensión y al odio a lo desconocido que vivía fuera de los últimos peldaños de su escalera, dentro sus habitantes vivían de forma intensa y excéntrica. Con la constante profecía de una futura catástrofe de Magnolia Legnara, con el misterioso señor Pérez, la dulce Julia y las distintas locuras o extrenticidades típicas de las escalera. 
De su escalera y de las locuras que ellos mismos habían decidido vivir.

viernes, 19 de junio de 2015

La vida de otros

Hola a todos, hoy os traigo el relato con el que he ganado el concurso de literatura de mi instituto este año.
Espero que os guste.

La vida de otros.



N.0 Yo
Siempre estuve aquí, y espero permanecer en este lugar durante toda mi existencia. No es que sea alguien a quien no le guste ver mundo, que su mayor aspiración en la vida no va más allá de no irse del lugar en el que nació. Es, simplemente, que el hecho de vivir está unido sin remedio a este lugar y en el momento que, por alguna razón del universo, mi alma deje de vivir en estas mismas baldosas, que deje de mirar este mismo cielo y sentir estos mismos árboles… en ese momento, yo dejaré de existir.
No es algo que me preocupe especialmente, ni que me dé quebraderos de cabeza. Es una verdad que asumí al vivir mi primer día, una verdad que formaba parte de mí mucho antes de mi existencia. Una parte de mí que estaba predestinada, al igual que todas mis semejantes. Y no me quejo, ¡por supuesto que no me quejo! ¿Quién se quejaría de una vida como la vivo yo? De oír el canto de los pájaros cuando se rompe el alba, de sentir los pasos de la humanidad en tu piel, de sentir la luz de lleno, asomándose por el horizonte llano, acariciándote. De poder oír las risas infantiles, parecidas al sonido del agua que cae de la fuente, de oír también sus juegos, y sus llantos. ¿Te quejarías tú de oír cómo el aire mece la hierba, con su mano dulce? ¿De hablar con la silenciosa noche, a la luz de las estrellas? ¿O quizá te quejarías de perdurar? Perdurar por los tiempos de los tiempos, por los siglos de los siglos. Anclada a estas mismas baldosas que pisas, sabiéndome inmortal y viendo la vida de muchos pasar. No me quejo, querido lector. La inmortalidad indefinida, mi inmortalidad, podría ser para muchos un castigo, ¡una maldición, incluso! Todos ellos alegarían que verías cómo tus seres queridos van muriendo, uno a uno, mientras tú vives. ¿Hay mayor tortura que la soledad de una vida eterna? Dirían ellos. Mi inmortalidad nunca ha sido solitaria y sé con certeza que no será eterna. Podríamos decir que soy longeva, pero no incapaz de morir. No tengo a quién querer, a quién amar o quién considerar una familia. De hecho, nadie sabe de mi existencia pero nunca nadie supo de ella. Amo, eso sí, a mucha gente. En silencio, sin que se percaten, sin que sepan que lo hago. Les vi crecer, madurar y envejecer, siendo para ellos poco más que suelo y siendo ellos para mí una forma de vida. Quizá no tenga una vida exactamente, ya que vivo amarrada a un pequeño trozo de ciudad, pero sí vivo a través de quienes me habitan. Siento lo que ellos sienten, río cuando están felices, lloro cuando están tristes y soy testigo, testigo de sus logros y derrotas, de sus preocupaciones e ilusiones. De todo cuanto vivan en mí, soy testigo y protagonista.
Una protagonista muda, invisible, inexistente. Una participante que nadie advierte. Una calle.

N.1. Los pasos.
Es importante para una calle conocer bien los pasos. Cada paso depende de la persona que los da, al igual que cada mirada depende de quién mire. Caminar es la forma que tenemos las calles de conocer, es nuestra forma de sentir al que nos pisa, al que nos vive. Podríamos decir que los pies de un hombre para una calle son como los ojos de un humano para su semejante. Son espejos al alma. Una calle no conoce a un hombre hasta que éste la vive, hasta que éste la camina y ella le siente. Por ello, cada paso es diferente y las calles debemos conocer bien los pasos.
Uno de mis pasos favoritos son los que tienen colores de primavera. Una mezcla entre amarillo, verde, azul y rosa pero en tonalidades suaves. Siempre son sorprendentes pero todos tienen algo parecido. Una misma esencia que hace que me recuerden al sabor de los paraguayos en una mañana de julio. Son pasos sencillos, sin mucha ornamentación pero profundos e intensos. No son pasos que se llevan a la ligera, pero tampoco son complicados de caminar. Cuando los caminantes de estos pasos me pasean, es como si fueran una delicada mariposa. Una mariposa a la cual casi puedo rozar sus alas frágiles y cristalinas. Otras veces, me recuerdan a un gorrión a punto de echarse a volar, justo cuando está extendiendo sus alas.
También me gustan los pasos con sabor a otoño. En ellos, puedo sentir el viento en todo su esplendor, las gotas que caen en una tarde de lluvia y el color de sus nubes grisáceas. Pero también puedo sentir en ellos la calidez del hogar, el olor de las páginas de un libro y los colores rojizos de las hojas que me tapizan en los meses de septiembre. Son pasos tranquilos, reflexivos y lentos. Unos pasos que observan el mundo, que se deleitan con él y que lo estudian. No son pasos tristes pero su felicidad no es explosiva, como en otros. Es una felicidad que se desgrana lentamente, despacio, tomándose su tiempo. Estos pasos, me recuerdan con frecuencia a una sonrisa cansada al terminar el día, al sonido de una pluma al rasgar el papel y al olor de las castañas asándose en el fuego. Me gustan esos pasos.
Por supuesto, no todos los pasos son agradables. También existen los pasos fríos. Esos que se caminan rápido, casi con enfado, con ganas de romper el suelo de rabia. Esos pasos que me duelen cuando me cruzan, que hacen que no quiera volver a sentirlos jamás. Esos pasos también existen.
Es sencillo identificarlos después de tantos años de práctica, es casi como si tuvieras una enciclopedia en la cabeza y no se necesita más que un roce para saber qué paso es. También es verdad que a veces es más complicado, principalmente porque siempre surgen pasos nuevos y distintos, y en esos casos tienes que estudiarlos bien para poder distinguirlos la próxima vez. Luego hay algunos que son una mezcla de varios pasos y pueden acabar siendo un auténtico quebradero de cabeza. Cada calle, como cada persona, tiene su propio método. Aunque todas nos basamos en unos mismos principios. No es que sean principios escritos de antemano, ni obligatorios de seguir, simplemente los usamos por… puro instinto.
Mi método no es que sea especial pero es efectivo y al fin y al cabo, es lo que buscamos. Una forma rápida y segura de saber quién te pasea y cómo lo hace.
Mi primer paso es siempre el mismo, escuchar sus pisadas. Porque sí, cada pisada, casa paso, tiene un sonido característico. Algunos tienen una voz más dulce, más aguda; otros, la tienen muy calmada, pero muy agradable; algunos, parece que estén gritando de alegría y otros, otros parecen estar chillando de auténtica furia. Dependiendo de su voz, voy orientando mi estudio en una dirección o en otra, pero sin dejar de valorar las demás, ya que nunca se sabe. El siguiente paso de mi investigación viene a ser su forma de pisar. Este paso es clave y suele ser definitivo a la hora de decidir qué tipo de paso es el que estamos evaluando. Depende de su forma de apoyar el pie, la intensidad con la que lo hace, ¡el carácter con el que lo hace! Y ante todo, la forma en la que durante unos segundos deja de pisarme. Normalmente, es difícil que algún paso no salga identificado del segundo paso pero si se da el caso, aún tenemos una tercera opción. Identificar el color del paso. Cada pisada tiene un color (o unos colores) especiales, que la caracterizan y hacen que pertenezca a un grupo u otro. No es lo mismo una pisada lenta, dulce, suave, como la miel que cae desde la cuchara hasta la tostada, como la luz que se cuela entre las cortinas y te despierta con una suave caricia… Que una pisada rápida, sonriente, casi salvaje. Como una melena de bucles castaños ondeada por el viento en plena tormenta, como los helechos que crecen en los jardines deshabitados y un riachuelo de las montañas, que baja riendo con velocidad. No es lo mismo, ¿verdad?

N.2. Los zapatos.
¿Cuántas veces te has preguntado cómo se sienten tus zapatos? Déjame adivinar… tantas como te has preguntado cómo se debe sentir una calle cuando la pisas. Los zapatos son un elemento importante para que una calle como yo pueda conocerte bien. No es por su color, por su forma, por su material, estilo o coste, es algo mucho menos banal y material. Se trata del carácter de ese zapato y el carácter que va tomando a medida que los usas.
Un zapato tiene su propia personalidad, por supuesto. Pero una vez que son usados por su dueño, éstos comienzan a cambiar. No del todo, no creas que puedes usurpar su capacidad de pensar y sentir, que puedes borrarlo a él y convertirlo en ti. Puedes transferirle parte de tu alma, de tu ser, puedes entremezclarte con él pero jamás conseguirás que tus zapatos sean tú.
A lo largo de toda mi vida he conocido a muchos zapatos. Algunos eran rojos, otros alargados, otros estaban muy en forma y a otros les gustaba más pasear con calma.  He conocido a zapatos viejos, jóvenes, vitales y medio muertos, pero nunca olvidaré esos zapatos.
Hubo unos zapatos a los que no pude evitar cogerles especial cariño. Fueron unos zapatos que llegados un momento desaparecieron pero su esencia apareció en otros. Y luego en otros, y en otros… Es cierto que a medida que iba pasando el tiempo iba viendo menos a la esencia de mis zapatos favoritos. Que llegado un momento lo veía alguna semana de verano, en los cumpleaños, en Navidad… Alguna vez venía de visita y cuando lo sentía andando por mis baldosas, por mucho que hubiera crecido y cambiado, siempre sentía cómo mi callejero corazón bombeaba con más fuerza.
En el fondo, había visto crecer a esos zapatos. Aunque empezaron siendo marrones, luego pasaron a ser rojos y durante una etapa cada día eran un par distinto. Aunque cambiaran de aspecto, siempre serían mis zapatos favoritos. Me gustaba cómo hablaban. Y amaba, amaba con un cariño fraternal que pocas veces desarrollaba, a aquel que los llevaba.

N.3. La vida.
Es difícil vivir siendo una calle. No por estar en un mismo sitio siempre, ni porque te pisen o por vivir mucho más que otros. Es duro ser una calle porque nadie jamás se para a pensar en ti, porque todos saben que existes pero nadie lo sabe realmente, porque por mucho que tú sientas tanto como ellos sus desgracias, sus emociones… Nunca lo van a saber. Es duro ser una calle. Duro en el sentido de que eres insignificante para los que te rodean, que nadie llega ni a imaginarse el daño que me pueden llegar a provocarme al no existir para ellos tal y como ellos existen para mí.
Nunca he llegado a aceptar del todo esta situación, la verdad, pero poco a poco he ido aprendiendo a acostumbrarme y a vivir con ella. Me duele cuando es obvia o cuando me empiezo a hacer preguntas existenciales como “¿Seré recordada por alguien? ¿Merecerá la pena vivir con la condición de ser anónima? ¿Realmente quiero que esto ocurra?”. Pero, tras unos cuantos golpes y decepciones, empecé a intentar ver el mundo desde la perspectiva que parecía hecha para mí. Dejando de lado mis aspiraciones a sentirme importante para alguien, de existir como un ser y no como una cosa. De que alguien me salude por las mañanas, que se percate de mí. No vivo mal, no te confundas, soy feliz. Vivo intensamente cada minuto, cada segundo.  Los vivo a flor de piel, de una forma mucho más profunda que cualquiera de vosotros. Vivo con ansia, con furia, con amor y odio a la vez y por mucho que puedan decir, no vivo por vosotros. No soy vivida por alguien, vivo por mí misma. No soy quien me desgasta las aceras, soy quien decido que sus pisadas son suficientemente importantes como para desgastarlas. Me pisarán cientos, me pisarán miles de personas… pero solo unos pocos, una ínfima cantidad de personas, serán reales para mí.
Nací adulta, madura, ya construida. Nací para cumplir una función, un trabajo, sin que nadie se planteara la idea de darme un periodo de aprendizaje. No aprender a realizar mi labor como calle, una labor que corría entre mis piedras… No. Aprender a sentir, a crecer, a asumir lo que ocurría en mí. Un periodo en el que conocerme a mí misma, sin tener que improvisar sobre la marcha. En el que poder enseñarme a sobrevivir. Pero nadie me dio ese tiempo y viví durante muchísimo tiempo tejiendo un camino a ciegas.
A día de hoy, no preciso de ese periodo. Nací adulta y maduré vieja, vieja y joven, al mismo tiempo. Aprendí a vivir con rapidez, con fervor, con pasión y a hacerlo de forma lenta, delicada, elegante, y cuando era capaz de dominar ambas… empecé a vivir de forma pasional, pero sabia a su vez. Sabiendo que por mucho que me pesara, por mucho que me doliera, nadie sabría nunca de mí y endureciéndome e impidiendo que ello me afectara demasiado.
Viví días muy oscuros en su tiempo. Periodos que no quiero recordar y aunque me niegue a hacerlo, siguen taladrando de vez en cuando mis entrañas. Periodos que me duelen, pero que son los que hacen que el día de hoy por fin asuma mi verdad.
Soy una calle. Una calle pequeña, bonita pero no hermosa. Una calle típica de barrio, con sus casas, sus árboles, sus bancos y sus gentes. Insignificante si yo realmente quiero verme así, pero grandiosa, si por el contrario, decido ser así.
 Porque soy una calle, sí, pero ante todo… Ante todo soy.



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