lunes, 12 de septiembre de 2016

Cactus



Cactus


Mi corazón es un cactus. Lleno de espinas que crecen lentamente, agrandando mis heridas. Destrozándome el alma. Con cada latido, cada bocanada de mi corazón por vivir, colabora a agrandarlas. Sin saberlo, sin poder evitarlo. Su deseo por seguir viviendo es el que hace que yo siga sufriendo. Y las espinas se clavan en mí. Porque si soy un cactus, qué más da. Ocultarlo solo hará que duela más, porque tendré que tragarme las lágrimas de dolor mientras me acuchilla mi corazón. Así que por una vez, me gustaría ser valiente. Ser valiente y dejar que me duela y que se vea. Que se vean mis espinas. Que atraviesen no solo mi corazón, también mi piel y dejen cicatrices que no pueda ocultar. Que me obliguen a llorar desde dentro, desde el alma y frente al mundo. Poder demostrar que también soy frágil, que estoy temblando, que soy pequeña. Alguien ha puesto sobre mis hombros unas expectativas muy grandes, tan grandes que es imposible ahora dejar ver al cactus de mi corazón. Y si no lo consigo, quiero poder ser valiente para plantarle cara al dolor. Y segar las espinas de mi cactus, hasta que el dolor vuelva a ser corriente. Porque tampoco deseo vivir sin dolor. Ser valiente para coser mis heridas y guardarlas en el recuerdo. Y si tampoco soy capaz de eso. Si todo sale mal esta vez, entonces quiero ser más valiente de lo que nunca he sido antes. Quiero sonreír, aceptar mi dolor vital y apagar el ímpetu por vivir de mi propio corazón. Porque mi corazón es un cactus. Un cactus que me mata para vivir. 

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