lunes, 22 de mayo de 2017

Poco a poco


Tras unas semanas de esfuerzos titánicos, estoy aquí de nuevo. No traigo relatos ni poemas ni reseñas... Ni nada literario en verdad. Sigo sin poder escribir y afirmarlo me duele tremendamente. Pero es la realidad, es la única realidad y hay que aceptarla. No puedo escribir. Evidentemente no estoy hablando del síndrome de la página en blanco ni nada por el estilo. Es simplemente que no puedo hacerlo. Es superior a mí, me supera. Y hace unos meses era porque se desbocaban mis emociones y en vez de liberarme, la escritura solo me hacía más daño pero ahora, no creo que sea por eso. De hecho, estoy bastante segura de que no es así y que se debe al miedo, probablemente. Al miedo de esas emociones sin control, al miedo de no ser capaz de volver a escribir como antes, al miedo de no poder disfrutar con ello igual. Miedo a que no haya sinceridad en mis palabras. Y sé que no puedo dejar que ese miedo me paralice, sin embargo, cuesta tantísimo hacerle frente. Y hay tantas cosas de las que me he de hacer cargo que poco a poco voy retrasando el momento de reencontrarme con mi "yo literaria". Quizá debería encabezar mi lista de prioridades, porque es algo que necesito para estar bien pero resulta que estar bien va detrás de otras tantas obligaciones. Por elección propia, aunque quede mal decirlo. 

Estos últimos días han sido arrolladores para mí. He estado luchando, sin querer pero queriendo. Mirando por el futuro en vez de por el ahora e intentando ser responsable con mi vida. Y cuesta. Cuesta mucho y duele. Es como acuchillarse a uno mismo, pero creo que lo estoy haciendo bien. Estoy haciendo frente a mis problemas y a mis miedos, torpemente pero lo estoy haciendo. 
Es dificil para mí escribir así. Al fin y al cabo, estoy siéndole franca a todo aquel que lea esto. Estoy siendo franca, totalmente franca. Así que, voy a repetir una frase que últimamente aparece mucho por mis pensamientos.  
Tengo miedo. 
Tengo miedo porque miro en mí y no queda fuerza para resistir, porque veo que no parece acabarse nunca el bache duro de mi vida, porque muchas veces los momentos buenos o las consecuencias no parecen suficientes para retenemerme aquí. Y sobretodo, tengo miedo a fracasar tras tanta batalla ganada. Tras tanto sufrimiento y fuerza gastada. Tras haberme dejado tanta tanta vida en el intento. 
Tengo miedo. El mundo es un lugar aterrador y poco a poco voy a tener que hacerme paso en solitario a través de él. Sin embargo, este miedo siempre queda anulado por una fuerza mayor y aplastante que llega en mis momentos límites. La apatía. La apatía llena de indiferencia. Estoy cansada, cansada, cansada. Y ya ha llegado un momento en el que me da igual el miedo, el futuro, lo que pasará o no pasará, y el fracasar. Dejo lentamente de tener sentimientos. Se va la tristeza, el enfado, la rabia. Simplemente no hay nada dentro de mí y todo deja de importarme. 


Sin embargo, puedo hablar ahora de ello porque estoy en un momento donde no me afectan en exceso ninguno de los dos. No estoy bien (qué novedad) pero, aunque en momentos de agonía y desesperación todo me parezca horrible, creo que estoy saliendo del agujero. 

Sé que es un proceso largo, de años y a veces me carcome por dentro la impaciencia, pero empiezo a sentir que, aunque quizá las cosas a mi alrededor no hayan cambiado excesivamente, algo fundamental ha cambiado en mí. Y que quizá aún me quede camino para volver a ser feliz, pero ya puedo ver algunas cimas conquistadas a mi paso, y aun siendo pocas y quedándome poca fuerza, sienta bien. Es cierto que mi yo emocional ahora mismo se encuentra "encarcelado" y el que habla es mi yo racional, que lo ve todo desde una perspectiva mucho más objetiva, pero de alguna forma me estoy sintiendo en calma. Poco a poco, pero avanzando. 

2 comentarios:

  1. Me da mucho gusto volver a saber de ti y de tus escritos. Sigues escribiendo de ensueño,no quiero verte flaquear eres una luchadora y así quiero verte luchando, porque vencerás ya lo verás. Así que no flaquees y sigue dándonos ejemplo.Un abrazo

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  2. Hace tiempo leí algo que me hizo pensar. Parte de la historia de un lobo estepario, un tipo que donde dentro de sí existía un alma dual: un animal y un hombre. El animal, feroz, indómito, enseñaba los dientes a la falsedad y futilidad que inundaban la vida humana, la burguesía de lo fingido y lo aceptable. Anhelaba ser libre, correr por la estepa y responder ante el viento, sin un nombre al que acudir, sin causa alguna.

    El hombre, por otra parte, se encontraba a sí mismo en todo aquello que el lobo odiaba. Sí, era inevitable asegurar que todo en lo que quería creer era fútil, pero dentro de todo ello había una pizca de sencillez, inocencia y credulidad que le otorgaban calor. Y ambas partes, enemigas pero hermanas, se sublevaban a la otra, la dominaban y atacaban, necesitándose mutuamente.

    No quiero afirmar que tu caso sea éste, pero me recordó mucho a él y me asusta lo mucho que me identifico contigo. Sólo que yo nunca dejo de sentir y, en mis momentos más hondos, no puedo evitar sentir odio, amor, alegría profunda y dolor constante. No sé si es lo que buscas cuando escribes (más allá de simplemente ser franca y esperar a que haya alguien que te entienda verdaderamente), pero me has hecho ser sincero contigo, más que conmigo mismo. Gracias, y me alegra saber que vuelves a la acción.

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