sábado, 7 de marzo de 2015

Me duele



Me duele. No es físico, o quizá lo es… pero no lo siento así. Creo, o creía, que era mental, que pertenecía a mí y no a mi cuerpo. Sigo creyéndolo, aunque a veces sea complicado. Hay veces que duele demasiado como para que no sea físico. Como si mi cuerpo empezara a vivir el dolor de mis sentimientos. A veces… simplemente no pienso. 
Creo que es cuando más me duele. Al pensar, por mucho que sean cosas absurdas, banales, sin importancia… siempre desembocan en lo mismo. Tú sabes en qué desembocan y sabes que no puedo vivir así. Incluso cuando escribo, dando rienda suelta a mi imaginación, florecen en cualquier sílaba del relato. En cualquier rincón oscuro, silencioso… pero están. Se hacen latentes en mis palabras y me apuñalan. Lenta, lenta y piadosamente. Quizá porque a ellos también les duele, o quizá porque les doy pena a mis propios sentimientos.
 Me duele la vida. Aunque lo correcto sería decir que me duele mi vida, maltrecha, deshilachada… torturada pero sin usar. No tengo la peor vida de todas, de hecho, muchos dirían que no debería quejarme. ¡Hay que ser fuerte! ¡No te compadezcas! Y tienen razón, hay que ser fuerte y no quejarse de tus desgracias minúsculas. No hay que ceder ante la vida, no. 
Es fácil hablar. Es muy fácil hablar. Reproduces palabras para hinchar corazones, alzarlos y demostrar tu valentía. Creyendo firmemente que esa sería tu posición en mi lugar. No lo sabes y yo tampoco. Nadie conoce esa realidad paralela porque, como bien he dicho, es paralela. 
Hay que tener tiempo para romperse. Pero no a lo grande, con una explosión… no, primero hay que aprender a romperse poquito. Una grieta allí, un arañazo allá… cosas sin importancia, vaya. Luego empiezan a crecer, pero has tenido ese tiempo. Ese tiempo para llorar por algo pequeño, para sufrir y lamentarte por tu arañazo. Y para hacerte fuerte gracias a él. 
Pero… ¿Y si no tienes ese tiempo? ¿Y si no puedes ser frágil? Si en pleno proceso de construcción de tu fortaleza… ¡Zas! Tienes que parar y convertirte en aquello que ibas a ser. Saltarte todos los protocolos, pasos y momentos necesarios porque necesitas serlo ya. Ahora, en este instante. No hay tiempo para llorar por el rasguño porque viene la destrucción. 
¿Qué pasa entonces? ¿Mueres? ¿Caes, lloras, te rindes? ¿O quizá eres fuerte? Igual eres fuerte en ese instante. Igual, consigues crear una gran coraza de hierro indestructible, con poderes mágicos y todos. Una armadura que la destrucción no podrá romper. Te alzas valeroso, luchas contra ella… ¡Eres admirado por tu destreza, decisión y valentía! 
Pero… ¿Y qué pasa cuando la destrucción se va? Sí, cuando vuelven las grietas y los arañazos. Esos que dejaste apartados porque no tenías tiempo para aprender de ellos. ¿Sabes qué ocurre entonces? Es sencillo. 
Tu armadura no sirve para ellos. 
No eres fuerte, no eres valiente… Eres frágil por tu propia fortaleza, eres débil por tu propia lucha. No aprendiste de tus grietas, no te dejaron aprender de ellas. Y por eso, justamente por eso, hoy son ellas las que te matan. 

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