sábado, 10 de enero de 2015

Grises



Grises

Había mucha gente. Altos, bajos, grandes, pequeños… Grises. Ante todo, eran grises. Caminaba con ellos de día. Me movía con ellos, subía y bajaba con ellos, respiraba como ellos y hablaba como ellos, y seguramente, para otros, era gris como ellos.
Las mañanas empezaron a ser momentos para olvidar. No es que me hicieran daño, simplemente se habían convertido en un nudo en el pecho, en una opresión que me impedía respirar cuando las vivía y en un miedo profundo cuando no.
Volvía a casa con gente gris a mí alrededor pero, al mismo tiempo, sin nadie. Andaba rápido, como si llegara tarde pero sin hacerlo. Oía sus risas, sus voces, oía sus conversaciones. De hecho, me introducía en ellas sin que lo supieran; me imaginaba la situación, las voces, los colores y texturas. Se creaba en mi mente la imagen perfecta de lo sucedido, como si hubiera estado ahí, pero, por supuesto, sin estarlo.
A veces, unas veces que se volvieron cada vez más frecuentes, intentaba no oír nada. Aislarme para evitar el daño, aunque sin saber si este iba a ocurrir o no. Creaba en mi mente una imagen, la que yo quisiera. Podía ser realista o más fantástica, con personas que conocía o inventadas… Y yo era la protagonista de ella. Muchas de esas veces, acababa imaginando cómo sería mi vida en el futuro… o cómo me gustaría a mí que fuera.
Me imaginaba en la universidad, estudiando lo que me gustaba. Me imaginaba mayor, independiente, feliz… Con gente. Imaginaba amigos, personas, compañeros… Inventaba nuestras conversaciones, nuestros diálogos, las cosas que pasarían en cada momento. Creaba con detalle cada estancia de mi casa y de mí misma.
Cuando volvía a la realidad, ya estaba cerca de casa. En mi vida imaginaria, nunca imaginaba mi vida. No lo necesitaba.

Las tardes, por el contrario, no eran predecibles para mí. Predecibles en cuanto a mis sentimientos, claro, porque en cuanto a lo que hacía… Era algo que no solía cambiar mucho.
Algunas tardes eran cercanas a la felicidad. Escribía, hacía mis cosas, me sentía… ¿Bien? Se podía decir que sí. Lo cierto es que esos días conseguía no pensar y mi mente vagaba, relajada, por los pasillos de la blanca nada. Sin castigarse a sí misma, sin darle vueltas a la misma cuestión, sin hacer que mis sentimientos fluyan.
Esas tardes, eran mis tardes favoritas.
Otras veces no era tan afortunada. Nunca había sido una persona negativa, de hecho, en esa etapa de mi vida no es que lo fuera especialmente. En general, por supuesto. Porque en lo que respectaba a mi persona… Era lo más negativo que podía existir.
Me odiaba a ratos. Me veía enorme, ancha, grande… ¡Me veía horrible, monstruosa, espantosa! Me veía como se veían todas las adolescentes del mundo, vaya. Y cuando los complejos acallaban sus gritos, hablaban los demás.
Hablaban las dudas, aunque, en realidad, solo existía una. La mía.
Dudaba de mí misma, de mi capacidad, de mis sueños. Dudaba de ser capaz de superarlo, ¿lo haría? ¿realmente sería capaz de hacerlo? Dudaba de poder seguir adelante, pero también dudaba de poder acabar con todo. Dudaba de si era mi culpa o la de los demás. Dudaba de mí por encima de todas las cosas.
Los temores también hablaban. Tenía miedo a muchas cosas, a cosas que destruían, que mataban pero sin matar. Tenía miedo de cosas abstractas, que me rompían sin que las pudiera ver.
Temía al futuro, era quizá mi miedo más grande. El pasado me había hecho creer que nada podía ser peor que él, que todo lo que me esperara sería mejor. Me hizo subirme a las nubes y, aunque me avisaron, no baje lo suficientemente bajo y al llegar al presente, la caída fue tremendamente dolorosa. Temía que todo siguiera igual, a quedarme sola para siempre. Temía que jamás nadie me quisiera, que nadie quisiera ser mi amigo. Temía que, ese frío que sentía, esas tardes encerrada en casa, ya no por obligación, si no por no tener otra cosa que hacer. Que esos paseos solitarios y errantes, que esas mañanas de gente gris… Permanecieran siempre.
Temía también a no dar la talla, a tener grandes sueños y no llegar a cumplirlos. Cuando pensaba en esto, me sentía pequeña. Pequeña de verdad, pequeña y fría. Sentía la nada en mi interior, dando vueltas, recordándome mi anonimato, mi poca importancia.
¿Quién era yo entre tantos millones de personas? ¿Qué iba a tener yo que no tuvieran tantos otros?
Cuando la noche llegaba, todo se volvía grande. La sombra de los complejos, antes pequeña, antes cobarde… Salía de su escondite y se volvía alta y alargada. Se recortaba los bordes de forma tétrica para hacerse la terrible. También aparecían los miedos, pasando de ser escuálidos muchachos, a grandotes señorones y su voz, antes aguda y susurrante, se tornaba grave, haciendo temblar a los mares.
 Salían todos y gritaban, y gritaban cada vez más fuerte y el estruendo de los truenos, comparado con sus voces, parecía el chillido de un ratoncillo al lado del grito de un gigante.
Eran cuchilladas. Cuchilladas afiladas, largas, malvadas. Cuchilladas directas a mis órganos vitales, cuchilladas que, aunque intangibles, invisibles, dejaban más marca que cualquier otra. Las lágrimas se amontonaban en mis ojos hasta que conseguían rodar por mis mejillas. El frío me invadía y mi cuerpo, encogido, temblaba a su son. Me sentía pequeña, sin nadie que me cuidara. Me sentía sola y lo único que pedía era que, por favor, todo acabara cuanto antes… Pero sin que llegara el mañana.

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